La carta que nunca envié
La carta que nunca envié
Tardé más de 19 años en decirte esto, así que espera un momento, porque hay cosas que debo expresar.
Te fuiste cuando tenía 15 años, y eras lo único que conocía. Mi mundo, mi ser, mi todo.
El paso del tiempo sin un compás de vida no ha sido fácil de asumir. Créeme que sé que esto no es lo que querías para mí, pero creo que ese es el punto de todo: fuiste la única que decidió por mí, y cuando dejaste ese vacío tan grande, lo único que hice fue salir a buscar ese amor simbiótico que teníamos en otras personas.
No es fácil, sabes. Me pasé una vida tratando de entender y de dejar ser. Sé que suena irónico, pero así ha sido. Muchos años después de tu partida, mi corazón y mi ser quedaron a la deriva, como en piloto automático. Pero luego, cuando me encontré tocando fondo, encontré una vida que no sabía que me pertenecía.
Te voy a contar la vida que he tenido desde tu partida.
Entré a estudiar la carrera que tú siempre soñaste para ti. Eso pasó cuando tenía 16 años. Salí de casa, de los recuerdos, de la vida que tuvimos juntas, pensando que sería un nuevo comienzo en una ciudad lejos de lo que fue nuestro pequeño mundo. Pero te digo que me choqué, y bastante fuerte.
En esa temporada no sabía lo que hacía. Sabes que no soy una persona de hacer amigos fácilmente. Me conociste tímida e introvertida, la niña que era tan independiente que no necesitaba que nadie jugara con ella, la que se manejaba bien, la que no daba qué hacer, excepto con el estudio. Pero eso es otra historia.
Retomando: cuando me mudé para estudiar, no fue fácil adaptar mi desadaptado ser a una sociedad que se dedica a juzgar. Así que me adormedcí. Seguí la corriente sin que me importara nada. Los excesos, créeme, los conozco de primera mano. La comida sigue siendo un fantasma que me agobia. El alcohol y el cigarrillo salieron de mi vida con el tiempo, pero ser una adolescente sin Dios ni gloria fue una receta para el desastre.
No sabía cuál era mi lugar en el mundo. Solo sabía que la vida dolía. No me preguntes qué era exactamente, pero el dolor estaba presente. Hasta que llegué a los 19 años y me puse una sobredosis que fue catalogada como intento de suicidio. Así se sintió: como no querer más nada. Pensaba que los pocos que tenía estarían mejor sin mí, que yo encontraría paz sin estar. Ese fue mi primer fondo, del que comencé a salir, o a tratar de trepar, dos años después.
Me tocó cambiar de universidad, por ¡excelente! estudiante. Comencé de cero nuevamente en una carrera que no era mía, era tuya. La decisión se tuvo que tomar muy rápido, y lo que sabes de mí es que no soy tan buena respondiendo bajo tanta presión. Creí haber tomado una decisión más consciente, pero nuevamente estaba en algo que no quería. Y créeme, muy adentro lo sabía.
El camino se hizo más duro. Aunque la conciencia del cambio llegaba a mí, se sentía como estar a cargo de una vida que no se sentía mía. No hice amigos porque no sé cómo hablarle a las personas, así que pasé otra carrera al margen. Mientras muchos hacían el desmadre que yo ya había hecho en la otra institución, yo estaba sola. A veces me preguntaba cómo ellos podían lograr lo que yo no podía. ¿Cómo hacer amigos? Pregunta extraña, sí, pero clave en mi vida. Las personas salían de fiesta, rendían en los estudios, tenían empleos, y yo: SOLA. Observaba desde lejos y seguía sin entender.
En ese camino descubrí que no me quiero en absoluto. También descubrí que me gustan los hombres, y ese descubrimiento sí que me dio duro, porque el día que te comenté del abuso, me dijiste: "no le digas a nadie". Esa frase se quedó en mí como una herida, herida que se transformó en pensar que los hombres son lo peor de la vida. Sabes, en algún momento de mi vida llegué a pensar que a los 28 lo tendría todo: empleo, esposo, una familia, un espacio mío.
Pero ese espacio lo formé cuando llegó mi Rocky. Te cuento que tuve un perro, y fue mi compañero por doce años y medio. Él se fue hace poco más de un año, pero ha sido el amor más bonito que he llegado a conocer. Esa clase de amor que te hace sanar y pensar en querer más. Rocky llegó para eso: a sanar un alma completamente rota. Fuimos tóxicos, no te miento. Tuvimos momentos muy difíciles, pero lo amé con locura. Cuando éramos él y yo, te digo que fue la familia pequeña que formé para mí. Soy honesta: me ha sido muy duro su ausencia, porque reconozco que no soy lo que fui cuando él llegó, y por eso creo que no fui lo suficientemente diligente para demostrarle un amor más bonito del que tuvimos.
Pero me adelanté un poco, porque no te conté: me diagnosticaron con depresión y ansiedad. Creo que el fondo del que te hablé no fue haber intentado dejar de existir. Creo que fue existir con este diagnóstico. Y como te dije al principio, yo solo esperaba que alguien me dijera qué hacer con mi vida, porque el futuro no lo tenía claro. En algún momento pensé que sí lo tenía, y fue la película que ya te dije, la que todos esperan: casa, empleo y familia. Eso era lo único que en algún momento vi. Pero con el tiempo esa película bella en mi cabeza se fue desvaneciendo. Lo que creía ya no era, y lo que era no era lo que quería.
No sé lo que es tener una pareja. No me he dado la oportunidad de conocer esa etapa en mi vida, porque mis pensamientos se llevan lo mejor de mí. Y el más grande, el que más oigo, es que alguien con el físico mío no será amado. Creo que ya entendí que los hombres no son lo peor, pero esa área de mi vida no está del todo resuelta.
Mamá, ahora tengo 34 años, y tengo que ser honesta contigo: no sé cómo estoy viviendo.
Hoy por hoy me doy cuenta de muchas cosas. Quisiera decirte que mi vida ha cambiado exponencialmente y que soy exitosa en mi campo académico, pero no lo soy. Mi vida sí ha cambiado. Creo que la niña tímida ya no es parte de mí, aunque me ha costado mucho saber quién soy en este mundo. Aún me sigo sintiendo extraña, rara, en una sociedad llena de patrones que no estoy segura de entender. Las interacciones sociales no sé cómo se dan. A pesar de no considerarme más tímida, llegué a un punto de simplemente no entender y seguir adelante. Conocí un amor bonito con mi Rocky. Pareja no tengo, empleo tampoco, y si te soy sincera, me cuesta en ocasiones seguir.
Siento que estoy en la etapa de estar sin rumbo. Y se me hace extraño pensar que esas dinámicas que teníamos en nuestra relación sean las que me tienen un poco atascada hoy.
Escúchame esto. Te lo digo a ti y me lo digo a mí.
Sé que la terapia, por los años que he estado en ella, me ha ayudado. Sé que acercarme más a la parte espiritual me ha sacado de huecos profundos. Sé que, a pesar de muchas batallas, a pesar de sentirme sola y no tener la capacidad de entender cómo cambiar eso, de creer que cuando hablo las personas me juzgan porque pueden ver mi vida muy fácil, lo que no ven es mi día a día, lo que no ven es cómo mi cabeza puede jugar en mi contra.
Sé que a pesar de esto, y de muchas más cosas que decidí omitir, te debo hacer una promesa. A ti y a mí.
Sé que hiciste lo mejor que pudiste con las herramientas que tenías. No te culpo. De hecho, no culpo a nadie. Tal vez la culpa existe en mí, por no saber vivir, por no saber aceptarme y amarme.
Nos prometo dejar de ocupar tu espacio. Entender que a ti, como madre, te debe doler la manera como estoy viviendo. Dejar el lenguaje de queja y el victimismo, porque sé que esta es una forma de vivir, pero estoy cansada de estar allí. Siento que debo dar el cambio, aunque algo siempre me jala de nuevo a lo que ya conozco.
Debo reconocerme, valorarme y amarme. Y no esperar que alguien más lo haga por mí.
No sé qué pueda pasar, y la verdad tengo miedo. Pero debo
vivir, y no solo sobrevivir.
TE AMO
Por siempre tu bomboncito de azúcar.

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