La batalla.
Sabes qué me duele: los rincones oscuros a los que la soledad te puede llevar.
No es fácil tener una vida así. Créeme, no quiero quejarme. Pero siento que las personas a mi alrededor lo ven fácil. Lo que no ven es el caos que hay en mí.
Hay días en que pienso que todo puede salir bien, es como conectar con una parte de mi ser que apenas estoy conociendo. Pero llegan otros días donde la batalla de existir aparece, y se siente como una pelea constante contigo misma. Duele existir en un espacio donde físicamente estás sola, sin saber cómo dejar de ser lo que ya eres.
Esos días, la batalla te pasa factura. Y se llama culpa. Culpa de ser débil. Culpa de pensar que las opiniones externas tienen tu vida resuelta cuando a ti te cuesta ver más allá de tu propia existencia. Culpa de no saber cómo lidiar con tus emociones y con las ganas de mandarlo todo lejos, y aun así seguir igual.
Pero te levantas. Entiendes que solo son días de tormenta. Pones tu buena cara, no la cara de los días en que finges, sino la de quien decide seguir. Y continúas, con el propósito de seguir conociendo a ese ser que aparece cuando estás en tus días buenos.

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