La ansiedad.
Como todos, de alguna forma cargamos la cruz de la vida. A veces pesa poco, a veces aplasta. La mía me ha llevado a lugares muy duros y a otros más sencillos. Y en medio de todo eso, llegó ella: la ansiedad.
Llegó como diagnóstico cuando tenía 19 años. Se sentía como un torbellino gigante que te absorbe y te lleva, sin avisarte, sin pedirte permiso.
En esa época, entrando a mis veintes, vivía en piloto automático. Y cuando sentía que me desbordaba, recurría a un desborde más grande: la comida y el alcohol. La comida siempre ha sido un gigante en mi vida. El alcohol no tanto, pero también llegó a serlo. Cuando me di cuenta de lo que me estaba pasando y de cómo lo estaba sobrellevando con más excesos, algo cambió.
Aprendí a distinguir la ansiedad que viene con las ganas de comer, de esa otra ansiedad que aparece sin razón aparente, sin que sepas por qué carajos llegó. Esa segunda me hace sentir sola. No sé si me pone fuera de lo que la sociedad cataloga como normal, sé que muchos vivimos con ansiedad, pero en mi día a día y en mi círculo, las emociones no se hablan de la manera en que yo las vivo. Y eso, a veces, me aísla más.
Pero siendo honesta conmigo misma, sí he encontrado cosas que me ayudan. No solo la terapia. También la meditación, la respiración y el hielo, que se convirtió en mi mejor aliado. Antes tenía a Rocky, que solo con estar me calmaba. Ahora sé que debo redirigir mis métodos, encontrar nuevos anclas.
Sigo en eso. Sigo buscando.

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