CUENTO CORTO El vacío de un nuevo comienzo.
El vacío de un nuevo comienzo.
Era una tarde fría de otoño. La calle junto a la casa de Lucía estaba desierta, tan sola como ella, tan fría como ella. La vida no había sido el cuento de hadas que su abuela le prometió; en cambio, resultó ser un sendero lleno de retos y una serie de eventos desafortunados que la hicieron cuestionar su propia existencia.
Esa tarde, Lucía tomó una decisión: acabar con su sufrimiento. Llevaba veinticinco años cargando un dolor profundo, sin saber cómo seguir adelante. Su vida había sido una sucesión de pérdidas, de llanto tras llanto. Sentía un vacío insoportable, una nada absoluta. No había nadie, solo ella y su dolor, un compañero ingrato que, por más que intentara ahuyentar, siempre la arrastraba al lado más oscuro de su mente. Cada vez que creía vislumbrar un rayo de luz, ese lado oscuro le susurraba al oído, recordándole lo insignificantes que eran sus esfuerzos. Esa voz persistente le repetía que su vida no era más que un camino sin destino, una marcha incesante hacia ninguna parte.
Lucía sabía que era dueña de su vida, pero desde pequeña comprendió que su existencia parecía un regalo para los demás y una carga para ella misma. Esa tarde se cuestionó todo: el propósito de su existencia, la posibilidad de hallar descanso en el silencio eterno. Se preguntó: ¿Qué es la vida? ¿Cuál es el sentido de todo esto? Para ella, vivir era un esfuerzo sin sentido, como un libro vacío con páginas en blanco. Se sentía atrapada en un ciclo interminable que la consumía, obligándola a ser una mera espectadora de su propio desmoronamiento. Sabía que era prisionera de su vida, de su mente.
Había pensado en todo y en nada. Pero, en esa tarde de otoño, un recuerdo inesperado emergió de su mente: el rosal de la casa de su abuela. Lo vio con claridad, como si volviera a ser la niña de diez años que jugaba en el patio de la persona que más amaba. El rojo intenso de las rosas parecía ocultar un secreto profundo, mientras que el blanco de los pétalos irradiaba una calma casi dolorosa. Recordó cómo, de niña, pasaba horas contemplándolos, preguntándose si su abuela los había elegido por alguna razón especial. Trece años habían pasado desde la partida de su abuela, un adiós que la dejó vacía. Pensar en el rosal le provocó un sentimiento agridulce, porque sabía que ya no existía. Lo había visto marchitarse, del mismo modo en que vio partir a su abuela.
Para Lucía, su abuela lo era todo. Vivía por ella, existía por ella. Ahora, tantos años después, aún se preguntaba: ¿Qué significa existir? ¿Cómo seguir adelante? De repente, deseó que su película favorita, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, fuera real. Eso era lo que quería: una oportunidad para un vacío distinto, un vacío que significara un nuevo comienzo y no el dolor que la consumía.
Tendida en el suelo de su casa, Lucía escuchó que tocaban a la puerta. Su corazón latió con fuerza, un latido distinto, extraño. En esa calle nunca pasaba nada, y mucho menos recibía visitas. Se incorporó y abrió la puerta. Frente a ella, un ramo de rosas rojas descansaba solitario en el porche. No había nadie alrededor. Sostuvo las flores entre sus manos y, en ese instante, recordó las largas tardes de otoño en las que solo tenía la compañía de sus pensamientos. La soledad, muchas veces, se había sentido como una manta pesada que la envolvía en su abrazo helado. Pero, al ver esas rosas, algo dentro de ella cambió. Sintió que le gritaban un mensaje que nunca antes había considerado: la soledad no era un estado permanente, sino un capítulo que podía cerrar. Tal vez, ese vacío no era el final, sino la promesa de un nuevo comienzo.

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